La casa que me robaron

La policía nos informó que el automóvil de Ricardo había sido visto en varias carreteras, pero que cambiaba de ruta y apagaba el teléfono para no dejar rastro. Cada pista nos llevaba a un lugar distinto, a una gasolinera, a un pueblo pequeño o a una casa rentada que ya estaba vacía cuando llegaban los agentes. Yo vivía pendiente de cada llamada, por si en cualquier momento me decían que habían encontrado a Leo. Armando trataba de mantenerme ocupada con papeles, pero mi mente volvía a mi hijo dormido en ese automóvil. La espera se hacía larga, pero me aferraba a la resolución del juez.

Una tarde, mientras revisábamos documentos en la casa de Puebla con el abogado, escuchamos voces en la entrada de piedra. Un hombre de traje, con una carpeta bajo el brazo, se presentó con una seguridad tranquila que no encajaba con la tensión que vivíamos dentro. Camila palideció, yo sentí que las piernas me fallaban y el abogado le pidió, con calma, que mostrara los papeles que traía. El hombre abrió la carpeta despacio y el silencio de la casa se hizo más pesado. Miré el jardín y la puerta que debía ser nuestra, y sentí que Ricardo, incluso escondido, seguía robándonos el futuro.

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