La policía detuvo a Ricardo esa misma madrugada, cuando regresó a la casa rentada con una bolsa de pan, sin imaginar que su coartada ya se había roto. No opuso resistencia, pero me miró con una frialdad que no le conocía, como si yo fuera la culpable de que su doble vida se hubiera derrumbado. En el juzgado, a la mañana siguiente, la jueza revisó el video, los estados bancarios y las copias certificadas, y confirmó la custodia plena de Leo para mí. Salí de aquella sala con Leo dormido en mis brazos y con la certeza de que mi hijo volvía a estar donde debía estar.
Aquella noche dormimos en el departamento, con la puerta cerrada con doble llave y con Leo en mi cama, respirando despacio contra mi hombro. Armando se quedó en el sofá, y Camila me escribió que había dormido sin pesadillas por primera vez en semanas. Yo le respondí que cuidaríamos juntos a los niños, aunque sus caminos fueran distintos. Por un momento creí que lo peor había terminado y me permití cerrar los ojos, escuchando la respiración de Leo.