La vecina explicó, entre sollozos, que Ricardo le había dicho que era un padre solo, que su esposa estaba enferma en Monterrey y que necesitaba a alguien de confianza para cuidar a Leo. Le había pagado por adelantado, le había dejado leche y la mochila azul, y le había pedido que no abriera la puerta a nadie que no fuera él. Sentí rabia y gratitud a la vez, porque aquella mujer había sido engañada igual que nosotras, pero también había alimentado a mi hijo. Cuando le enseñé la fotografía de Leo, se llevó las manos a la boca y nos señaló un cuarto pequeño al fondo.
Entré despacio, con el corazón en la garganta, y vi a Leo dormido en una cama baja, con la mochila azul a sus pies y un muñeco apretado contra el pecho. Me arrodillé junto a él, le toqué la frente con los labios y sentí su piel tibia y el olor a jabón barato que me devolvió a nuestro departamento. Leo abrió los ojos despacio, me miró sin sorpresa, como si supiera que yo iba a encontrarlo, y me rodeó el cuello con sus brazos pequeños mientras susurraba mi nombre. Lloré sin contenerme y lo abracé con fuerza, mientras Armando lloraba detrás de mí.