El teléfono de Armando vibró cuando ya cerrábamos los sobres, y la voz del policía sonó seca y urgente. Una cámara de peaje había captado el automóvil de Ricardo horas antes, en dirección a las afueras, y el registro coincidía con una casa rentada a nombre de un empleado que ya no trabajaba para la empresa. Me puse de pie de inmediato, porque Leo podía estar a pocos kilómetros y podía escaparse de nuevo si tardábamos demasiado. Armando llamó a nuestro abogado, Camila llamó a la policía, y yo solo repetía el nombre de mi hijo en voz baja.
El camino hasta aquella casa se me hizo interminable, aunque el coche de Armando avanzaba rápido entre calles mal iluminadas. La casa era pequeña, de una sola planta, con la pintura descascarada y una reja que chirriaba al abrirse. Un policía nos pidió que esperáramos detrás del coche, pero me acerqué lo suficiente para escuchar voces bajas dentro y una televisión encendida. Entonces la puerta se abrió y salió una mujer mayor, con delantal, que miró a los agentes con sorpresa y con miedo.