La casa que me robaron

Armando llegó poco después con una caja de cartón y sacó los estados bancarios que su contador terminó por entregar. Las hojas mostraban transferencias desde la constructora hacia cuentas controladas por Ricardo, pagos de una hipoteca que yo jamás autoricé y cenas que yo había imaginado como tortas baratas. Mi abuelo pasó las páginas en silencio y me dijo que aquello ya no era solo un engaño, sino un robo contra su empresa y contra su nieta.

Guardamos todo en dos sobres distintos, fotografiamos cada página y dejamos una copia en la caja fuerte del despacho, por si alguien intentaba quemar la primera. Armando dijo que esas copias valían lo mismo que los originales ante la jueza. Camila me tomó la mano y me confesó que durante meses creyó que la casa era una herencia y que Ricardo era un viudo trabajador. Comprendí que las dos habíamos sido engañadas por el mismo hombre.

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