La confesión del intermediario todavía me quemaba en los oídos cuando salí del juzgado, porque había dicho que Ricardo le pagó para quemar los documentos originales de la constructora la noche de la sentencia. Esa frase convirtió cada hora siguiente en una carrera contra el fuego, y Armando me tomó del brazo para decirme que no podíamos esperar otro papel del juez. Camila nos esperaba junto al coche, y en su silencio entendí que aquella noche podía decidir nuestro futuro.
No fuimos al departamento húmedo, sino directamente al despacho de Armando, en la planta alta de la constructora. El aire olía a papel viejo y a madera encerada, y los archivadores guardaban la historia de una empresa que mi abuelo levantó con sus manos. La secretaria nos abrió con la llave maestra y nos dejó solas entre carpetas numeradas.
Camila encontró primero la carpeta azul, escondida detrás de otros expedientes de obra, con una etiqueta escrita a mano que decía Puebla. Dentro estaban las copias certificadas de la escritura, con el sello que confirmaba que la casa había sido comprada para Leo y para mí. Debajo, doblado con cuidado, estaba el poder falsificado, con mi nombre imitado en una letra que no era la mía. Camila sostuvo aquel papel como si quemara y me susurró que lo había visto una vez sobre la mesa del comedor, sin entender entonces que era la llave de nuestra ruina.