La casa que me robaron

Armando llegó con dos cerrajeros y un policía, y mientras cambiaban la cerradura me dijo que lo importante era que Leo estaba conmigo y que los documentos certificados estaban a salvo. Ningún robo nocturno podía borrar lo que ya estaba en manos de la jueza, me repitió, y yo asentí aunque el miedo me apretaba el pecho. Camila me llamó poco después, con la voz agitada y con un recuerdo que le había llegado de golpe, como si el miedo le hubiera ordenado la memoria. Me dijo que guardó una copia de la escritura verdadera y la llave de otra caja en casa de su madre, en un cajón con fotografías viejas.

Le pedí que fuera con su madre, que no avisara a nadie y que trajera aquella copia antes de que Ricardo recordara también aquel escondite. Camila me prometió que saldría de inmediato, y yo sentí que, por primera vez, no estaba sola defendiendo una casa que también era suya por engaño. Mientras ella corría a casa de su madre, Armando y yo fuimos al juzgado con una carpeta nueva, donde llevábamos la grabación en la que Ricardo admitía la falsificación y el plan de venta. En esa grabación, guardada por Camila en su segundo teléfono, se escuchaba su voz hablando de la hipoteca como si fuera un negocio y de la huida como si fuera un premio.

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