La jueza escuchó cada palabra con el rostro serio, revisó los papeles con calma y dictó una nueva orden de detención y la anulación provisional de la hipoteca. Salí del juzgado con las manos temblorosas, pero con la sensación de que, al menos en aquel expediente, la verdad empezaba a pesar más que sus mentiras. Armando me acompañó a comer algo, aunque ninguno tenía hambre, y en una fonda pequeña, entre el olor a caldo y el ruido de los platos, me confesó que se sentía culpable por haber confiado en Ricardo durante dos años. Me dijo que lo recibió en su empresa porque era el esposo de su nieta, y yo le tomé la mano y le dije que la culpa no era suya, que Ricardo había elegido mentir.
Por la tarde, Camila llegó al departamento con la copia de la escritura verdadera envuelta en un pañuelo, y con la llave pequeña de la otra caja, que puso en mi mano como si fuera un tesoro frágil. Me contó que su madre lloró al escucharla y le dijo que una madre siempre nota cuando su hija vive con miedo, aunque no sepa nombrarlo. Revisamos la copia, y cada sello, cada firma y cada fecha confirmaba lo que ya sabíamos: la casa era de Leo y mía, comprada por mi abuelo hacía dos años. Guardé la copia en un sobre nuevo, la fotografié y la entregué a nuestro abogado, que la sumó al expediente.