A la mañana siguiente acompañé a Alonso Reyes hasta la mansión de River Oaks, no para presenciar una humillación, sino para que la entrega se hiciera con documentos, testigos y la calma que un cambio de propietario exige. Alonso llevaba la orden de entrega firmada, una copia de la escritura de Cedarline Capital y las llaves nuevas, y caminaba con la seguridad tranquila de quien ha comprado legalmente y no necesita levantar la voz para demostrarlo. Yo me quedé unos pasos atrás, con mi carpeta bajo el brazo y el rostro todavía sensible por la noche de las bofetadas, observando la fachada que durante cinco años había sostenido una ilusión. La calle estaba en silencio, pero pronto se abrieron algunas puertas vecinales, porque en River Oaks las noticias viajan más rápido que los automóviles y la curiosidad siempre encuentra una ventana. Trevor salió con el pecho hinchado y la actitud de quien cree que su presencia basta para detener cualquier decisión.
La casa que nunca fue suya