Trevor intentó impedir la entrega con el cuerpo y con las palabras, colocándose delante de la puerta como si la casa fuera una extensión de su propio nombre. Dijo que aquella era su hogar, que llevaba cinco años viviendo allí y que nadie podía echarlo de un lugar donde había celebrado cumpleaños, reuniones y una vida entera. Alonso no discutió, no lo empujó y no entró en provocaciones, sino que le mostró la orden de entrega y le explicó con educación que tenía un plazo de cuarenta y ocho horas para desocupar la casa. Trevor llamó a la policía, convencido de que los agentes confirmarían su versión y de que mi venta era un truco de madre resentida. Su voz sonaba cada vez más alta, pero no más convincente, porque la seguridad que antes imponía a sus invitados se estaba desmoronando delante de sus propios vecinos.
La casa que nunca fue suya