Unos días después, Kristen me visitó a solas en mi pequeña casa, sin Trevor, sin abogado y sin la elegancia desafiante que mostraba en la mansión de River Oaks. Llegó con un ramo modesto, con la voz baja y con una expresión cuidadosamente ensayada de arrepentimiento, como si hubiera aprendido el guion durante el trayecto. Me dijo que lamentaba la noche de la fiesta, que todo había sido un malentendido y que Trevor no era un mal hijo, sino un hombre presionado por las circunstancias. Yo la escuché hasta el final, sin interrumpirla y sin ofrecerle café, porque después de lo ocurrido, la cortesía no debía confundirse con la confianza. Su visita no me sorprendió, porque las personas que actúan por interés suelen buscar una puerta privada cuando la puerta pública ya se ha cerrado.
Después de varios rodeos, Kristen llegó por fin a su propuesta y me pidió que anulara la venta a cambio de su silencio sobre la noche de la fiesta. Me aseguró que, si yo devolvía la mansión a Trevor, ella no hablaría de las bofetadas, no compartiría el video y ayudaría a que la familia recuperara una apariencia de normalidad. Su tono era suave, pero su mensaje era claro, porque estaba ofreciendo silencio a cambio de una propiedad que nunca había sido suya. Le respondí con calma que la venta era definitiva, que Alonso Reyes era el propietario legítimo y que yo no negociaba con amenazas disfrazadas de reconciliación. Le recordé que el silencio sobre una agresión no es un favor, sino una forma de complicidad, y que yo no estaba dispuesta a comprar la paz al precio de la verdad.