La casa que nunca fue suya

Yo recibí la llamada cuando ya estaba en mi casa, con la noche avanzada y el teléfono sonando en la mesilla como un aviso que no esperaba pero que tampoco me sorprendió del todo. Alonso me explicó con calma lo que había pasado, y un agente me pidió que acudiera a la comisaría porque Trevor estaba allí y había preguntado por mí. No me vestí con prisa ni salí alterada, sino que me puse un abrigo sencillo, tomé mis llaves y conduje despacio por las calles vacías, repasando en silencio todo lo que había ocurrido desde la noche de las bofetadas. Cuando entré en la comisaría, el aire olía a café frío y a papel. Trevor estaba sentado en una silla, con la cabeza baja y los ojos enrojecidos, y al verme se levantó como si todavía esperara que yo pudiera arreglarlo todo con una sola frase.

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