Trevor se enteró por una llamada breve y nerviosa de un antiguo compañero, que le preguntó si el hombre del video era realmente él antes de colgar sin esperar una respuesta completa. Después llegaron los mensajes, uno tras otro, con el archivo adjunto y con preguntas que no buscaban comprender, sino confirmar el escándalo. Intentó ver el video una sola vez, pero le bastó para reconocer su propia voz, su mano y la sonrisa silenciosa de Kristen en el fondo, observando sin intervenir. Cerró el teléfono, lo volvió a abrir y lo volvió a cerrar, como si repetir el gesto pudiera detener algo que ya estaba en cientos de pantallas. La vergüenza que antes había sentido en privado, delante de unos pocos invitados, se convirtió de repente en una vergüenza pública que no podía controlar ni explicar con una sola frase.
La casa que nunca fue suya