Los antiguos amigos de River Oaks, que antes lo invitaban a cenas, partidos y reuniones, dejaron de contestar sus llamadas con una rapidez que a Trevor le resultó tan dolorosa como la pérdida del trabajo. Algunos leyeron sus mensajes y no respondieron, otros le dieron excusas breves y otros desaparecieron de su vida sin una despedida. Trevor comprendió que muchas de esas amistades no estaban unidas a él, sino a la mansión, a las fiestas y a la imagen de éxito que él representaba. Yo observaba todo aquello desde la distancia, sin intervenir y sin disfrutar de su caída, porque sabía que la justicia no se mide por el placer de ver sufrir a un hijo. Recibí llamadas de personas que querían mi versión y de conocidos que esperaban que celebrara su humillación, pero les respondí con calma que no tenía nada que añadir, que los documentos hablaban por sí mismos y que vender la casa no había sido una venganza, sino una consecuencia.
La casa que nunca fue suya