Al mismo tiempo, los acreedores que llevaban meses esperando empezaron a reclamar con insistencia, porque las deudas ocultas de Kristen y los gastos de lujo de Trevor ya no podían esconderse detrás de la fachada de la mansión. Llegaron llamadas de bancos, cartas con plazos y mensajes de empresas que exigían pagos atrasados, y cada reclamación recordaba a Trevor que su vida de apariencias había sido financiada con dinero que no tenía. Intentó negociar, pedir prórrogas y explicar que su situación había cambiado, pero las cifras no se conmovían con explicaciones ni con promesas. La casa que antes servía para impresionar a los acreedores ya no estaba a su nombre, y sin ella no tenía ninguna garantía que ofrecer. El lujo que Kristen había defendido con cuidado se deshizo en cuestión de días, dejando al descubierto una economía frágil que siempre había dependido de mi generosidad.
La casa que nunca fue suya