Le hablé de lo que yo conocía de verdad, que no eran las fiestas de River Oaks sino las obras de Texas. Le recordé que durante cuarenta años me levanté antes del amanecer, revisé planos bajo el sol y traté con capataces exigentes, y que aprendí que el respeto no se compra con un apellido ni con una dirección elegante. En una obra nadie pregunta de qué familia vienes, sino si llegas a tiempo, si obedeces una orden y si dejas el trabajo bien hecho al final del día. Le dije que allí había hombres y mujeres que ganaban su salario con las manos, sin atajos, y que esa era la única escuela que yo podía ofrecerle sin mentirle. No era un castigo disfrazado, era la vida real que él había despreciado durante años.
Entonces le ofrecí un puesto humilde en una de mis obras, un trabajo de ayudante sin trato especial por ser mi hijo. Empezaría cargando material, limpiando y obedeciendo al capataz, aprendiendo desde abajo. No habría adelanto de dinero, ni casa, ni promesa de ascenso rápido. Si quería comer y pagar su motel, tendría que ganarlo semana a semana, con el mismo salario y las mismas reglas que los demás. Tendría que llegar antes que los demás y quedarse hasta terminar el trabajo, sin que nadie le perdonara un retraso por llamarse Trevor Sutter. Si se quejaba, faltaba o usaba mi nombre para evitar una tarea difícil, la oportunidad se acabaría sin discusión.