Durante las semanas siguientes aprendió el ritmo que nunca había querido aprender en River Oaks. Aprendió a obedecer sin poner mala cara, a comer sentado en un bordillo junto a los demás, a beber agua de una botella compartida y a cobrar un salario que no alcanzaba para lujos pero sí para pagar la habitación del motel y algo de comida caliente. Las manos se le llenaron de callos, la espalda le dolió al principio y la ropa se le manchó de polvo y cemento, pero dejó de hablar de sí mismo como si el mundo le debiera algo. En la obra nadie lo llamaba señor Sutter, nadie le preguntaba por la mansión y nadie fingía que su apellido pesara más que un buen trabajo terminado a tiempo.
Yo no iba todos los días, pero recibía informes breves del capataz y algunas noches Trevor me llamaba para contarme, sin dramatismo, lo que había hecho. No me pedía dinero, ni me hablaba de la casa, ni intentaba convertir cada conversación en una negociación. Me hablaba de un muro que habían levantado, de un compañero que le enseñó a mezclar correctamente y de lo temprano que se le hacía el día cuando sonaba la alarma. Escucharlo así, cansado y sencillo, me recordaba al muchacho que alguna vez ayudó a su abuela en el jardín sin esperar aplausos. No era todavía un hombre nuevo, pero ya no era el rey de cartón que había golpeado a su madre para sentirse grande.