La primera vez que mi cuñada me llamó “la tarjeta de crédito con patas”, todos se rieron.
Yo también sonreí.
No porque me hubiera parecido gracioso.
Porque no sabía qué otra cosa hacer.
Ella lo dijo como una ocurrencia.
Pero después empezó a repetirlo.
Y cada vez que aparecía una cuenta, las miradas terminaban sobre mí.
Chris tampoco parecía incómodo.
Cuando yo le mencionaba el tema después de alguna cena, siempre encontraba una explicación.
—Así es más fácil.
—No vale la pena hacer un problema por esto.
Yo quería creerle.
Quería pensar que no entendían cómo me estaba haciendo sentir.
Pero había una diferencia entre no darse cuenta y aprovecharse de algo una y otra vez.
El cumpleaños de mi suegro fue el momento en que dejé de confundir ambas cosas.