Mientras tanto, Arturo alternaba mensajes cariñosos con presiones suaves que, leídos uno tras otro, formaban un patrón difícil de ignorar. Por la mañana me escribía que me echaba de menos y que quería desayunar conmigo el fin de semana, y por la tarde me preguntaba, con un tono casi casual, si ya había hablado con mi abogada y si podíamos cerrar pronto ese trámite para dejar tranquila a su familia. Me decía que su padre estaba estresado, que su madre solo quería que todo saliera bien y que la boda debía mantenerse en la fecha prevista porque cambiarla generaría rumores innecesarios. Yo respondía con cariño medido, sin prometer nada y sin cerrar ninguna puerta, y cada respuesta parecía tranquilizarlo lo suficiente como para que volviera a intentarlo al día siguiente. Aprendí a leer sus mensajes como se lee un informe: no por lo que decían, sino por lo que repetían, y lo que repetían era siempre lo mismo, firmar cuanto antes y no hacer preguntas.
La dueña