La dueña

Acepté visitar Briarwood con Arturo porque necesitaba ver el proyecto con mis propios ojos, ya que ninguna cifra podía sustituir la sensación de estar de pie en el terreno y comprender lo que realmente se estaba vendiendo. Durante el trayecto me habló con entusiasmo, como si mi interés fuera confianza, y repitió un discurso aprendido sobre viviendas, zonas comunes y un futuro próspero. Yo comparaba cada promesa con los datos de Nina y Marcos, y noté que cuanto más hablaba de éxito, menos hablaba de plazos, pagos y permisos. Al llegar, las calles eran más anchas y más vacías, y el silencio del lugar me dijo que aquel triunfo celebrado en la cena no estaba ocurriendo. Caminé despacio entre ventanas sin cristales, pasillos sin terminar y carteles de un proyecto que llevaba tiempo sin avanzar. Las obras estaban detenidas: estructuras a medias, materiales apilados sin orden y maquinaria quieta bajo un sol que subrayaba el abandono. Arturo habló de autorizaciones menores y proveedores que reorganizaban entregas, pero mis preguntas sobre fechas, trabajadores y la próxima fase solo recibieron respuestas vagas, como si el proyecto existiera más en sus palabras que en el cemento que teníamos delante.

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