Cerca de una caseta, un trabajador se acercó con prudencia al notar que yo no era parte de la comitiva habitual de la familia. Me dijo sin rodeos que llevaban semanas sin cobrar completo y que algunos llevaban meses encadenando promesas que llegaban tarde o no llegaban. No habló con rencor, sino con cansancio, y ese cansancio me pareció más revelador que cualquier informe, porque un salario esperado no se disimula. Arturo sonrió y dijo que eso estaba en manos de su padre, pero yo ya entendía que el supuesto triunfo se sostenía con promesas y deudas encadenadas. Cuando le pregunté desde cuándo estaba parado el proyecto, su respuesta breve coincidió con los retrasos que Nina había visto en los embargos. Después, el contratista me llevó aparte y me mostró facturas, partes de trabajo y un calendario de retrasos que la familia no había mencionado en la cena. Explicó que los pagos se postergaban en cadena, que los proveedores exigían garantías nuevas y que cada mes sin obra encarecía la terminación. Revisé las cifras con la atención de quien lleva años leyendo operaciones y comprobé que los costos reales y las deudas acumuladas eran muy distintos de la oportunidad segura que el padre de Arturo había presentado.
La dueña