La dueña

Al notar mi atención a los papeles, Arturo retomó su papel de anfitrión y me mostró terrenos vacíos como si fueran las siguientes fases terminadas. Habló de compradores interesados, bancos dispuestos a acompañar el proyecto y una recuperación que solo necesitaba paciencia y apoyo familiar. Le pregunté quién pagaría a los trabajadores mientras tanto y qué pasaría si los embargos avanzaban antes que las ventas. Respondió que su padre tenía todo bajo control y que no debía preocuparme por detalles técnicos, aunque salarios impagados, embargos y facturas vencidas no son detalles. De regreso, el coche se volvió denso por todo lo que yo ya sabía y Arturo todavía creía que yo ignoraba. Me tomó la mano, me pidió que confiara en su padre y me aseguró que, después de la boda, todo se resolvería con ayuda familiar. No pregunté qué ayuda era esa: conocía la respuesta que no se atrevía a decir, mi firma, mi patrimonio y mi empresa, al servicio de una deuda que no era mía. Le sonreí con calma, dije que quería entender mejor el proyecto y dejé que el silencio restante fuera para él reflexión y para mí despedida.

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