Esa noche ordené lo visto en Briarwood junto a lo que ya sabía de Wells Development, y la imagen ya no pudo suavizarse con cariño. Obras detenidas, trabajadores sin cobrar, facturas vencidas y discurso de éxito formaban un sistema cuya única pieza faltante era alguien solvente que cargara con el resto. Comprendí que la boda no era solo una celebración, sino un plazo, y que la prisa de los mensajes cariñosos de Arturo tenía más que ver con los vencimientos que con el amor. Llamé a Nina, le conté la visita sin exagerar ni omitir nada, y ella, tras escucharme en silencio, me pidió guardar todo, incluso las impresiones. Al día siguiente Arturo me escribió para agradecerme la visita, dijo que su padre estaba contento de mi interés y me pidió de nuevo que confiara. Me pidió no dejar que trabajadores descontentos empañaran un proyecto familiar con historia y aseguró que, después de la boda, su padre me lo explicaría con más calma. Le respondí con amabilidad, sin comprometerme, sabiendo que cada día de cortesía dejaba que los embargos siguieran su curso y los trabajadores siguieran esperando.
La dueña