Antes de cerrar ese capítulo, el contratista me pidió una reunión breve y discreta, lejos de la obra y de la familia Wells, porque tenía algo que no se había atrevido a mostrarme delante de Arturo. En un lugar tranquilo, con la seriedad de quien entrega una prueba y no un rumor, me habló de partidas que no correspondían a la realidad del terreno. Me dijo que guardaba ese material desde hacía tiempo porque temía represalias, pero que ya no podía callar mientras se pedían más fondos para trabajos no hechos. Escucharlo me produjo gratitud e indignación, porque confirmaba que el problema no era solo falta de liquidez, sino una gestión que había perdido el control de sus cifras. Le prometí que su nombre quedaría protegido y que su testimonio solo se usaría dentro de un proceso formal, y él asintió por fin, aliviado y agradecido. Entonces me entregó un libro de obra en el que los costos de Briarwood aparecían inflados y una partida firmada por Arturo correspondía a trabajos que nunca se ejecutaron.Parte 7. La dueña en la mesa
La dueña