Arturo entró en el salón de Northbridge en mitad de la reunión y se quedó inmóvil junto a la puerta. Su padre dejó de hablar a la mitad de una frase y su madre, que no estaba en la sala, pareció entrar con él en forma de silencio. Yo seguía sentada en la cabecera de la mesa, con los documentos ordenados delante de mí y Marcos a mi derecha. Arturo me miró como si intentara unir dos imágenes que no encajaban. En ese instante comprendió que la mujer sencilla de las cenas no era la única versión de mí.
Me pidió hablar en privado y su voz sonó más baja que de costumbre. Dijo que no sabía el alcance de la carpeta y que su padre le había asegurado que solo era un trámite. Le respondí que un trámite no se esconde, no se presiona y no se acompaña de miradas cómplices. Arturo bajó la mirada y admitió que había firmado cosas sin leerlas del todo. Yo no levanté la voz, porque ya no necesitaba que me creyera. Necesitaba que entendiera que la conversación había cambiado de lugar.