La dueña

Cuando la reunión terminó, Daniel intentó acercarse de nuevo a mí con el pretexto de aclarar su papel. Dijo que no quería que yo sacara conclusiones equivocadas y que su presencia en Briarwood tenía una explicación razonable. Le respondí que las explicaciones razonables se daban con documentos, no con visitas improvisadas. Daniel sonrió como si mi desconfianza fuera un exceso y me recordó que nos conocíamos desde antes. Precisamente por eso, le dije, no iba a aceptar una conversación privada sin testigos ni papeles.

Le pedí que, si quería aclarar algo, lo hiciera por escrito y a través de Nina. Daniel aceptó con una calma que me resultó más inquietante que una discusión. Arturo nos observaba desde el pasillo, sin acercarse, como si temiera escuchar algo que ya no pudiera negar. Su madre lo tomó del brazo y le susurró que no empeorara las cosas. Yo me despedí de todos con educación, porque la firmeza no necesitaba malas formas. Al salir del salón, sentí que la noche aún guardaba una última jugada.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *