La dueña

Su madre me llamó esa misma tarde y me rogó que no rompiera la boda. Dijo que una confesión escrita destruiría a la familia y que los errores se podían reparar en privado. Le respondí que el error no era un malentendido, sino un plan que me pedía firmar mi futuro. Su madre lloró un poco y luego cambió de tono, como si la súplica no hubiera funcionado. Me advirtió que, sin boda, su familia quedaría expuesta y que yo también cargaría con parte de la culpa. No discutí, porque no era mi responsabilidad sostener su reputación.

Su padre fue más directo y me amenazó con dejar que el embargo avanzara antes que someterse a una auditoría. Dijo que prefería perder el proyecto a entregar sus cuentas a extraños. Le contesté que esa decisión era suya, pero que no cambiaría mis condiciones. Un embargo no era una amenaza contra mí, sino la consecuencia de deudas que ya existían. Marcos me confirmó después que la presión no alteraba la posición de Northbridge. La empresa no iba a comprar un problema para salvar un orgullo.

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