La dueña

Durante ese día de espera, revisé con Nina todas las pruebas reunidas. Teníamos los datos de la deuda, los embargos, la carpeta de la cena y la oferta que Daniel me había enviado. También teníamos la nota en la que Daniel preguntaba por mí semanas antes de mi primera cita con Arturo. Cada pieza encajaba sin necesidad de exagerar, y eso me dio tranquilidad. No necesitaba inventar motivos ni buscar venganza, porque los documentos hablaban con más fuerza que cualquier discusión. Mi trabajo era mantenerlos ordenados y protegidos.

Arturo no me escribió durante horas y ese silencio me recordó la noche de la cena. Entonces yo también guardé silencio, pero por estrategia, no por miedo. Ahora el silencio era suyo y pesaba de otra manera, porque ya no podía fingir que no sabía lo que estaba en juego. Pensé en los paseos, los cafés y las conversaciones en las que me decía que le gustaba mi sencillez. Me pregunté cuántas de esas palabras habían sido sinceras y cuántas formaban parte de un guion. No encontré una respuesta amable, pero sí una necesaria.

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