Al caer la tarde, su hermana me envió un mensaje breve y nervioso. Decía que no quería quedar en medio y que su padre estaba furioso con la idea de una confesión. Le respondí con respeto, sin pedirle que eligiera un bando. Ella me agradeció y no volvió a escribir, pero su mensaje confirmó que la familia sabía exactamente lo que temía. No temían una mentira, temían que la verdad quedara firmada. Esa diferencia me acompañó durante toda la noche, mientras esperaba la decisión de Arturo.
A la mañana siguiente, Arturo regresó con el rostro cansado y un sobre en la mano. No intentó abrazarme ni pedirme que lo perdonara antes de hablar. Se sentó frente a mí, dejó el sobre sobre la mesa y dijo que había escrito lo que sabía. Nina lo abrió con cuidado y leyó cada párrafo en voz alta, sin interrumpirlo. Arturo miraba el suelo, como si cada frase le pesara más que la anterior. Yo escuché sin llorar, porque ya había llorado en silencio la noche en que lo escuché llamarme fácil.