No quería.
Lo reconozco.
Una parte de mí quería cerrar la puerta a todos los que habían estado sentados en aquella mesa sin defender a Lucas.
Pero otra parte sabía que las familias también se curan poniendo límites claros, no fingiendo que nada pasó.
Le contesté que podía venir sola.
Sin su marido.
Llegó por la tarde.
Traía los ojos hinchados y las manos metidas en los bolsillos.
No entró como otras veces, hablando fuerte.
Entró despacio.
“Lo siento”, dijo nada más verme.
Yo crucé los brazos.
“Quien necesita escuchar eso no soy yo.”
Mi hermana asintió.
“Lo sé.”
Lucas estaba en el salón, dibujando.
Al verla, se quedó quieto.
No se escondió.
Eso ya era mucho.
Mi hermana se acercó con cuidado, como quien pisa un suelo frágil.
“Lucas”, dijo, “ayer me callé cuando no debía.”
Él la miró sin responder.