Llevé a mi hija en brazos. Ya tenía varios dientecitos y se reía cada vez que el viento movía las hojas.
Thomas se acercó.
—Margaret estaría muy orgullosa de usted.
Miré a mi niña.
—Ojalá hubiera podido conocerla.
—Creo que, de alguna manera, ya la conocía —respondió.
Aquella noche, al regresar a casa, me detuve frente al jardín de la señora Higgins.
La vivienda seguía allí, ahora administrada por la fundación para apoyar temporalmente a familias necesitadas.
El pasto estaba recién cortado, las flores habían vuelto a crecer y una mujer joven jugaba con su hijo en el porche.
Me saludó con una sonrisa. Le devolví el saludo.
Recordé aquella tarde de 35 grados, cuando estaba agotada, embarazada y aterrada por perder mi hogar.
Había cruzado la calle pensando que solo ayudaría a una anciana. Nunca imaginé que aquel pequeño gesto terminaría cambiando tantas vidas.