sin tener que disculparse.
—Cuando puedas, tráeme una muda de ropa.
Ana leyó el mensaje y no respondió.
Después llegó otro.
—También necesito el cargador largo que está en mi buró.
Tampoco respondió.
Víctor todavía no entendía que esas pequeñas órdenes habían dejado de funcionar.
Durante años había confundido la constancia de Ana con obediencia, su manera de cuidar con falta de carácter y su costumbre de resolver problemas con la certeza de que jamás se iría.
Por eso, incluso después de haber hablado con Rita desde aquella habitación del hospital y de prometerle una propiedad que ni siquiera estaba a su nombre, estaba convencido de que Ana regresaría.
Tenía un argumento preparado.
Diría que ella había escuchado mal.
Diría que Rita era una amiga.
Diría que la frase sobre la casa había sido una broma.