Diría cualquier cosa menos la verdad.
Pero Ana ya había escuchado lo suficiente.
Mientras
Víctor esperaba que apareciera junto a su cama, ella estaba instalada temporalmente en un cuarto sencillo que había alquilado por unos días, con su maleta todavía cerrada junto a la pared y una bolsa con medicamentos sobre una mesa pequeña.
La cicatriz seguía doliéndole cuando se levantaba demasiado rápido.
Dormía por intervalos.
Comía poco.
Y aun así, por primera vez en muchos años, nadie le preguntaba dónde estaba una camisa, qué había de cenar o si había pagado algún recibo.
El silencio era extraño, pero no vacío.
Era suyo.
A la mañana siguiente del incendio volvió a Lomas Verdes porque necesitaba ver con sus propios ojos lo que había quedado.
No entró.