Desde la banqueta tomó las fotografías que después guardó en su teléfono mientras Teresa, su vecina, intentaba encontrar palabras para consolarla.
Ana no le explicó lo que había ocurrido en el hospital.
Sólo dijo aquella frase que Teresa
recordaría durante mucho tiempo: ella no había perdido toda esa madrugada; lo había perdido tres días antes.
Después se marchó para acudir a una revisión médica que el doctor Salcedo había insistido en mantener.
No quería convertir su enojo en una razón para descuidar el único riñón que le quedaba.
Salcedo revisó la herida y le preguntó si tenía a alguien que pudiera acompañarla durante la recuperación.
Ana respondió que podía organizarse.
El médico la observó unos segundos, como si quisiera preguntar algo más, pero no lo hizo.