“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

Después creyó que le debía amor.

Ahora no sabía si le debía una explicación a su esposo muerto.

—¿Por qué están revisando eso? —preguntó con la voz rota.

Marcela abrió otra carpeta.

—Porque encontramos mensajes de Ignacio de hace tres años con uno de los hombres que estaba en la lancha. No dicen claramente que haya cometido un homicidio. Pero hablan de “asegurar que Mauricio no regrese” y de “dejar el asunto en manos del agua”.

Elena se tapó la boca.

Rodrigo la sostuvo del brazo antes de que se desplomara.

—No sabemos todavía qué pasó —dijo Marcela—. No voy a mentirle. Puede haber otra explicación. Pero vamos a investigar.

Camila apareció en el pasillo acompañada por Tamara, todavía con el conejo gris apretado contra el pecho.

—Mamá.

Elena se arrodilló y la abrazó.

Por primera vez desde que llegó al hospital, lloró sin intentar contenerse.

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