“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

No por el dinero.

No por los hoteles.

No por el testamento.

Lloró porque durante dos años había enseñado a su hija a confiar en un hombre que quizá había destruido a su familia desde el principio.

Esa misma noche, la Fiscalía cateó la casa de Ignacio y Elena en Zapopan.

Encontraron recetas, pagos en efectivo a la farmacia, copias del testamento, pólizas de seguro y una carpeta con cálculos impresos sobre el valor de seis hoteles boutique que Elena había heredado de su padre y ampliado con Mauricio.

También encontraron un documento preparado, todavía sin firma, para modificar el fideicomiso de Camila.

Con ese cambio, Ignacio habría podido vender dos propiedades antes de que la niña cumpliera la mayoría de edad.

El plan no consistía solo en esperar.

Consistía en quedarse con todo.

Mientras tanto, Ignacio permanecía en terapia intensiva.

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