“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

—Ella salvó a dos personas.

Camila levantó la cabeza.

—Tres.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Tres?

—También a Ignacio.

Elena quedó inmóvil.

Camila volvió a dibujar.

—Si no hubiera tomado las gotas, se habría muerto después en la cárcel o algo así. Ahora está vivo.

Rodrigo la observó un momento.

—Tienes una lógica extraña.

—Pero tengo razón.

Elena comenzó a reír.

Rodrigo también.

Esa tarde, Camila dibujó tres figuras: una mujer, una niña y un hombre de bata blanca. Al lado puso un conejo enorme.

Debajo escribió con letras torcidas:

“LOS QUE SE CREYERON.”

Rodrigo corrigió:

—¿No querías escribir “los que se creyeron unos a otros”?

Camila negó con la cabeza.

—No. Los que se creyeron. Mamá a mí. Tú a mí. Yo a mamá.

Elena se quedó mirando el dibujo mucho tiempo.

Porque eso era exactamente lo que Ignacio había destruido primero: la confianza de Elena en sí misma.

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