“Mamá, vacié tus gotas en el té de mi nuevo papá para que ya no te hicieran daño”, dijo mi hija. Él llevaba una hora conectado a máquinas en cuidados intensivos y yo aún creía que todo había sido un accidente. Guardé silencio y dejé que el laboratorio analizara aquel pequeño frasco. El resultado hizo que revisaran mi testamento, mis dos años de enfermedad y hasta la muerte de mi primer esposo.

Camila, desde la camilla de al lado, levantó la cara.

—¿Mamá se va a curar?

—Vamos a hacer todo para que sí.

La niña asintió, satisfecha con una respuesta sencilla.

Luego dijo:

—Ignacio decía que mamá pronto iba a irse con mi papá al cielo.

Elena giró la cabeza.

—¿Qué?

—Me decía que yo tenía que portarme bien porque después íbamos a quedarnos solos él y yo.

A Elena se le quebró la respiración.

Rodrigo no dijo nada. No hacía falta.

Una hora después llegaron dos agentes de la Fiscalía de Jalisco. La investigadora principal, Marcela Torres, pidió los frascos, las recetas y el expediente clínico.

Patricia Robles intentó detenerla desde su oficina.

—Esto es un absurdo. Están destruyendo la reputación del hospital por una prueba preliminar.

Marcela dejó sobre el escritorio una copia del registro de la farmacia.

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