El ejecutivo se llevó una mano a la frente.—¿Quién autorizó el comunicado diciendo que la pasajera fue agresiva?
Nadie contestó.
—Retírenlo.
—Ya está replicado en cientos de medios.
—¡RETÍRENLO!
Pero era demasiado tarde.
A las ocho, alguien llamó a la puerta de mi oficina.
Daniel abrió.
Era una mujer de unos treinta años, con el rostro desencajado y el cabello recogido apresuradamente.
La reconocí inmediatamente.
Claire Walsh.
Había volado desde Nueva York en un avión privado.
No traía abogados.
No traía seguridad.
Entró sola.
—Doctora Hart…
Me puse de pie.
—Señorita Walsh.
Ella se acercó y, para mi sorpresa, inclinó profundamente la cabeza.
—Lo siento.
No dije nada.
—Sé que eso no arregla nada —continuó—. Sé que lo que hicieron fue imperdonable.
Sus ojos estaban rojos.
—Mi hermano está empeorando.
Daniel me miró.
Yo permanecí inmóvil.