Renata también descubrió la verdad.
Una tarde pidió hablar con Valeria.
Se encontraron en una cafetería de Coyoacán.
Renata parecía otra persona. Sin maquillaje perfecto, sin vestidos de lujo, sin dos amigas siguiéndola.
—Vine a pedirte perdón.
Valeria no respondió.
—Lo del manuscrito fue imperdonable. Y todo lo que te dije también.
—Sí.
Renata respiró profundamente.
—Mauricio me dijo que tú estabas obsesionada con él. Me aseguró que habías intentado arruinar nuestra boda.
—¿Y eso justificaba llamarme estéril?
Renata bajó los ojos.
—No.
Durante unos segundos solamente se escuchó el ruido de las cucharitas contra las tazas.
—Me voy a separar de él —dijo Renata finalmente—. No por ti. Porque ya no sé qué partes de nuestra relación fueron reales y cuáles fueron una oportunidad para acercarse a mi papá.
Valeria la observó.
Meses atrás habría sentido satisfacción.