El pigmento rojo comenzó a correrse ante sus ojos.
—¡No!
Valeria se lanzó sobre la mesa.
La puerta se abrió violentamente.
Rafael Alcázar estaba allí.
Miró el documento mojado, luego a Renata.
—Seguridad.
Renata palideció cuando entendió que acababa de dañar una pieza protegida.
Mientras dos guardias la acompañaban hacia la salida, Rafael se acercó a Valeria.
—¿Ya tomó una decisión?
Valeria contempló el águila herida del manuscrito.Después recordó a Teresa llamándola tierra estéril, a Mauricio guardando silencio y a Renata destruyendo el trabajo al que había dedicado semanas.
Levantó la mirada.
—Sí.
Rafael esperó.
—Quiero conocer a su hijo.
Y Valeria todavía no imaginaba que aquel “sí” acabaría destrozando todas las certezas que tenía sobre su cuerpo, su pasado y el hombre al que había amado durante ocho años.
PARTE 2
Alejandro Alcázar no se parecía en nada a su padre.