Era reservado, delgado y educado hasta el extremo. Durante su primera conversación apenas sostuvo la mirada de Valeria.
—Mi papá cree que puede solucionar la vida de todos —admitió—. Pero no quiero obligarte a nada.
Aquella sinceridad fue precisamente lo que convenció a Valeria.
Se casaron civilmente semanas después, sin fiesta, sin fotografías y sin promesas románticas. El acuerdo era sencillo: compartirían domicilio, conservarían sus espacios y jamás se exigirían aquello que los médicos les habían dicho que no podían tener.
Al principio parecían dos desconocidos viviendo bajo el mismo techo.
Después comenzaron los pequeños gestos.
Valeria dejaba café preparado antes de salir. Alejandro le compraba pan dulce cuando sabía que trabajaría hasta tarde. Él empezó a visitar su taller y observaba fascinado cómo ella restauraba el manuscrito que Renata había dañado.