Me volví hacia Mauricio sin soltar la puerta.

La leyó en silencio.

Después me la dio.

Era de mi padre.

Solo decía:

_Elena:_

_Si estás leyendo esto, significa que ya no pude protegerte personalmente._

_No quiero que tengas miedo._

_No quiero que culpes a Daniela._

_Y, sobre todo, no quiero que vuelvas a pensar que eres una carga para nadie._

_La casa es tuya._

_El dinero también._

_Pero hay algo mucho más importante que todo eso._

_Cuando Daniela descubra la verdad, dile que la perdono._

Mi madre levantó la vista.

—¿Perdonarte por qué? —pregunté.

Ella lloró.

—Por haberte ocultado que tu padre sabía que Mauricio estaba robando.

Me quedé en silencio.

—Pensé que podía arreglarlo —continuó—. Pensé que, si Mauricio cambiaba, nunca tendrías que saberlo.

Me acerqué y la abracé.

—No fue culpa tuya.

Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—Tu padre siempre decía que eras más fuerte de lo que creías.

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