Era la misma máquina que mi padre le había regalado a mi madre cuando yo era niña.
Vieja.
Pesada.
De madera oscura.
Mi madre siempre había dicho que ya no funcionaba, aunque jamás permitió que nadie la tirara.
Me arrodillé frente a ella.
Recordé las palabras de mi padre.
_Si algún día lastiman a tu madre, abre el compartimento falso._
Busqué durante varios segundos.
Nada.
Quité la tapa lateral.
Nada.
Levanté el cajón de los hilos.
Vacío.
Entonces recordé que mi padre siempre me había dicho que las cosas importantes no estaban donde uno esperaba encontrarlas.
Pasé los dedos por debajo de la mesa.
Sentí una pequeña hendidura.
Presioné.
Se escuchó un clic.
El fondo de madera se levantó.
Debajo había un compartimento oculto.
Mi madre soltó un sollozo.
—No sabía que seguía ahí.
Dentro había una caja metálica.