Sentí una calma que hasta yo desconocía.
—Porque ayer me dijiste que sólo merecía un tulipán roto mientras tu mamá recibía cien rosas. Luego permitió que hablara de otra mujer frente a mí y tú no hiciste nada. Pensé que podía esperar un día para darte la noticia.
—Mariana, no exageres. Era el Día de las Madres.
—Precisamente.
Se quedó callado.
Le recordé las citas médicas a las que dejó de acompañarme. Las veces que su madre culpó a mi cuerpo. Las noches que lloré sola después de otro tratamiento fallido mientras él preguntaba cuándo iba a desocupar el baño.
—Este bebé merece crecer en una casa donde su mamá tenga dignidad —le dije—. No quiero que aprenda que una esposa debe aguantar cualquier cosa para conservar una familia.
Entonces vio la maleta.
Su expresión cambió.
—¿Te vas?
—Sí. Voy con Sofía unos días.
Mi amiga vivía en Tepotzotlán y me había dicho apenas unas horas antes:
“Mi casa está abierta. No tienes que explicarme nada”.
Rodrigo comenzó a caminar detrás de mí.
—Estás embarazada. No puedes tomar decisiones así.
—Estar embarazada no me quitó la capacidad de decidir.
—Mi mamá no quiso ofenderte.
—Tu mamá sabe perfectamente lo que hace. El problema es que durante cuatro años tú preferiste fingir que no.
Cuando llegué a la puerta, Rodrigo bajó la voz.
—No hagas una tontería. Vas a regresar.
No era una pregunta.
Era la seguridad de un hombre acostumbrado a que yo cediera.
Lo miré por última vez.
—Eso creías de la Mariana de ayer.
Cerré la puerta.
En el autobús rumbo a Tepotzotlán, mi teléfono vibró siete veces.
Rodrigo.
Después Teresa.
Finalmente llegó un mensaje de mi suegra:
“Una mujer de verdad sabe perdonar y mantener unida a su familia. No uses el embarazo para manipular a mi hijo”.
Leí la frase dos veces.
Luego miré el ultrasonido que llevaba dentro de mi bolsa.
Y por primera vez comprendí que marcharme no había sido una reacción impulsiva.
Había sido mi primera decisión como madre.
Pero lo que sucedió durante las siguientes semanas cambiaría mi vida mucho más de lo que aquel tulipán había logrado romperla.
PARTE 3
Sofía me esperaba afuera de la central con una sudadera encima de la pijama y un termo de chocolate caliente entre las manos.