En la cafetería pusimos frente a él los estados de cuenta y una propuesta para devolver las transferencias no autorizadas. Al ver el nombre de Daniela Ríos, perdió la sonrisa. Primero las llamó inversiones; sin contratos que mostrar, aseguró que eran préstamos. Verónica le enseñó sus propios mensajes hablando de «ayuda para Dani».
—¡Era mi dinero también! —estalló—. ¡Llevábamos años juntos! ¿Qué tiene de malo ayudar a una madre soltera?
—Nada —respondí—. Lo que está mal es utilizar mi cuenta sin permiso y después decirles a tus amigos que tú mantienes a todos.
Eduardo me llamó interesada, fría y desagradecida. Según él, una buena esposa debía respaldarlo sin hacer preguntas. Me levanté. Ya no necesitaba lecciones de obediencia del hombre que me había mandado a comer a la cocina.
Dos días más tarde me llamó Daniela. Nos encontramos en una cafetería de la colonia Narvarte. Era una mujer cansada, con las manos nerviosas y un bolso gastado. Me contó que había sido novia de Eduardo en la universidad y que su hijo era de una relación posterior. Eduardo la buscó cuando supo que se había quedado sin empleo y le aseguró que dirigía varias tiendas de ropa. Le ofreció apoyarla económicamente y hasta prometió ayudarla a rentar un departamento más grande.