Tres días después, Eduardo apareció en mi tienda con un ramo de rosas y una sonrisa ensayada. Me pidió hablar en privado, así que lo llevé a la oficina, con Lucía trabajando al otro lado de una puerta de cristal. Primero dijo que me amaba. Luego culpó al alcohol, a su madre y al estrés. Por último, se quitó la máscara.
—Necesito ciento cincuenta mil pesos para cerrar un trato. Si me ayudas y me devuelves la camioneta, yo puedo convencer a mi mamá de que te perdone.
—¿Que me perdone por qué? —pregunté.
Su teléfono sonó. Era doña Elvira. Eduardo contestó sin darse cuenta de que tenía activada la bocina.
—No regreses sin las tarjetas —ordenó ella—. Primero haz que se ablande. Después ya pondremos sus cuentas bajo control. Y dile que Fernanda necesita la camioneta el sábado.
Eduardo cortó la llamada. Dijo que su madre bromeaba. Yo le propuse reunirnos al día siguiente con Verónica, en una cafetería cercana a su despacho. Se marchó creyendo que había ganado.