Añadí una sola pregunta: «Si Eduardo y su familia pagaron todo, ¿por qué cada comprobante salió de mis cuentas?». También informé que ya había solicitado el divorcio y que cualquier reclamación debía hacerse por medio de nuestros abogados. No compartí los detalles de Daniela; esos estaban reservados para el procedimiento legal. Me salí del grupo y apagué las notificaciones.
A la mañana siguiente, el tío Raúl me pidió disculpas. Doña Elvira había pedido préstamos a varios familiares para presumir una boda que, según ella, pagaríamos después. A él le debía ciento veinte mil pesos; a otra tía, setenta mil. Esperaba liquidar esas deudas con mi dinero, sin habérmelo consultado. Entonces comprendí que no buscaban recuperar a su nuera, sino su fuente de ingresos.
Algunos tíos admitieron después que jamás habían preguntado quién pagaba las reuniones. Daban por hecho que Eduardo era el proveedor porque él siempre hablaba más fuerte y repartía las invitaciones. Recordé cómo sonreía mientras yo recogía los platos. El problema no era que hubiera engañado a una sola mujer: había construido una reputación entera sobre un trabajo que se negaba a reconocer.