Antes de retirarnos, Lucía me mostró el perchero que Fernanda había empujado. Una de las vendedoras había recogido todas las prendas del suelo y las acomodaba sin decir nada. Me acerqué para darle las gracias. Ella me confesó que su madre trabajaba limpiando casas y que por eso le había dolido escuchar cómo aquella familia hablaba de las mujeres que sirven. Sus palabras me acompañaron todo el camino a casa.
Esa noche circulaba en Facebook un fragmento editado. Parecía que yo había echado de mi tienda a una anciana indefensa. Desconocidos comenzaron a insultarme. Lloré, no por Eduardo, sino porque su familia disfrutaba dañándome. Lucía me ayudó a preparar una respuesta.
Por consejo de Verónica, evité divulgar datos privados o información del hijo de Daniela. Publiqué un comunicado aclarando que la familia de Eduardo no participaba en mi empresa y que había denunciado los disturbios. Al chat familiar envié recibos con información sensible oculta: alimentos, festejo, cursos y computadora de Fernanda.