—¡Ahí está la ladrona! —chilló mi suegra al verme—. ¡Pregúntenle de dónde sacó su camionetota! ¡Mi pobre hijo se quedó sin nada por su culpa!
No discutí. Pedí resguardar la caja y mostré a los policías la grabación de seguridad. Allí se veía a Fernanda tirando un exhibidor y a su madre aventando prendas al suelo. El local había dejado de vender durante casi una hora.
—Es un problema familiar, oficial —dijo doña Elvira, cambiando de tono—. Solo queremos recuperar lo nuestro.
—Entonces tendrá que mostrar documentos —respondí. Saqué de mi bolsa copias de la factura del vehículo y de los registros de mis negocios—. Esto se compró antes de la boda. Y el arrendamiento de este local también está a mi nombre.
Los agentes tomaron nuestros datos y nos indicaron dónde denunciar los daños y las amenazas. Verónica, mi abogada, me acompañó a hacerlo. Nadie acabó esposado aquella tarde, pero quedaron las grabaciones y los testimonios. Mi suegra y Fernanda se marcharon furiosas.